Archivos para diciembre, 2012

400_1240753422_austea¡Simplemente entré y les di un tiro a cada uno en la cabeza… primero al hijo de puta ese y después a la desgraciada que me corneaba con él!

No lo pude dejar pasar, ¡Engañarme…y encima con un viejo!…

¡Ruslan el peluquero ese, tenía 47 años!

¿Que le vió, como  pudo preferirlo? Comparado conmigo, que tengo solo 23 años, es un anciano.

Los encontré en la peluquería del reventado ese, estaban solos…ella, sentada en el sillón y el haciendo como que la estaba peinando.

Si era peluquero de hombres, ¿Para que diablos tenia que ir a su peluquería?

¿Acaso faltan las de mujeres en el barrio?

¡Se llevaron su merecido, 20 gramos de plomo cada uno!

Hace tiempo que lo presentía, cuando la llamaba al departamento casi nunca me atendía. La llamaba al celular, le preguntaba donde estaba y la guacha siempre  inventaba alguna excusa.

Que salí de compras, que fui  a lo de mamá, que de la tía o lo de alguna amiga.

¡Mierda de mujer…ella con 35 años, yo le di mi poronguita casi virgen y se fue a buscar una pija de jovato! Se merece el plomazo en el bocho. ¡Degenerada!

¡Al tipo este tendría que haberlo dejado vivo pero con un tiro en los huevos!

La bronca me encegueció y le reventé la cabeza también…

Me voy a comer unos buenos años de cárcel…pero con gusto…

La venganza tiene un sabor  de gloria… —

—¿¡Aló, la policïa!? …Tengo que denunciar un asesinato doble en la peluquería de la calle Messada….—

—¿Qué… quién habla?…—

— ¡Ievgeny… el asesino! — 

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peluquería secadorSon casi las doce del mediodía. Me apuro a prender la radio para escuchar las noticias. Un hombre de veinticinco años de edad, mató a su esposa de treinta y uno, ambos padres de dos niños de seis y un año y medio y al peluquero, que estaba atendiendo a la mujer. Sueño despierta y me remonto al pasado.

Mi marido se casó conmigo por complacer a su familia, que no lo toleraba por sus inclinaciones sexuales, pero ni hijos ni nada salió de ese matrimonio. Le daba asco tocarme, cierto que de delicado que era lo trataba de disimular, pero más de una vez lo sorprendí con revistas donde había fotos de hombres desnudos o en ropa interior.

Muchos hombres lo celaban, pues sabiéndolo casado, pensaban que podía tener algo con sus mujeres, y las venían a acompañar a la peluquería.

Hace seis meses, estaba en una playa, con mi prima, y tomaba un café en la rambla, cuando un caballero alto, apenas llenito, con cabello entre rubio y pelirrojo, unos ojos verdes que copaban, descaradamente, mientras me saludaba sonriendo, se sentó frente a mí. No tuve fuerza para decirle que se vaya, y esa noche no dormí en el hotel en la misma pieza que mi prima. Por fin supe lo que era tener sexo con un hombre, si cada vez que me acuerdo se me humedecen las entrañas.

Mi marido se dio cuenta enseguida, y me lo dijo, pero el divorcio no te voy a dar, así que lo tendrás de amante y nada más.

Empecé a sufrir, y solo vivía cuando veía a mi amado, me pidió que me casara con él, lo que yo no podía, que fuera a convivir, lo que me haría perder la dote que mi padre, entregó para entrar en la prestigiosa familia de mi cónyuge.

Una de las clientas de la peluquería me contaba del hijo que entraba y salía de la cárcel y la llenaba de dolor. Le pedí el teléfono y me relacioné con él. Le pedí un arma no registrada, porque de noche cuando había ruidos, me asustaba y no podía dormir. No me creyó, pero no le importó, tampoco quiso cobrarme, pero me sometió sexualmente, una temporada, hasta que cayó una vez más preso, esta vez por pegarle a un tipo en un bar. No disfruté como con mi amado, pero el sexo que me brindaba, brutal con golpes e insultos, me colmaba espiritualmente.

Empecé a pasar más tiempo en la peluquería, para sorpresa de mi marido. Así me relacioné con Vladimir, o Vladi, que venía con la esposa un tanto mayor que él, por los celos que le despertaba mi marido. Ella venía un par de veces a la semana, y él con ella. Cuando lo veía lo invitaba a fumar, lo que hacíamos en el patio, y ahí le lloraba, que mi marido me engañaba, que no me respetaba. El se ponía rojo, pero no soltaba palabra. Un día salí a fumar y cuando él vino, no lo invité, pedile a la puta de tu mujer y me largué a llorar. No le di otras explicaciones. Dos o tres veces repetí la escena, hasta que dejé de ir por el negocio. La última vez, después de limpiarla debidamente deje el arma en una bolsa como si se la hubieran olvidado en la peluquería.

 

Gané , perdí por Miriam Podjarny

Publicado: 25/12/2012 en relato
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pokerMe es difícil entender como me he complicado la existencia, estoy casada con un hombre maravilloso al que amo, dos hijos que veo crecer y  soy feliz. Desde hace unos meses me enganché  por  Internet con amigos que me invitaron a entrar a jugar póker con ellos ,me dijeron, se pierde y se gana ,lo importante es que pasamos el tiempo amenamente, y así comenzó…

Al principio gané, perdí, perdí, gané y no sé cuando de pronto la suma de dinero que había perdido era importante y recibí varios mensajes de amenazas. ¿Qué hacer?  ¿A quién recurrir?

A mi esposo, NO, no lo entendería y por supuesto se desilusionaría de su casi perfecta esposa.

Me acordé de mi peluquero, un cincuentón, que en varias oportunidades me contó que no tenía familia y tenía demasiado dinero. Llenándome de valor recurrí a él, le expliqué la situación y prometió ayudarme  casi sin condiciones, solo una: que nos encontráramos a charlar sobre mi vicio, quería estar seguro que esto no se volvería a repetir.

Saldé mi deuda, y una tarde nos sentamos a charlar en un bar cercano a la peluquería, al volver a casa mi marido esa noche estaba muy extraño, al final me dijo: Si me engañas te mato y lo mato. Me reí, que absurdo,  ¿YO serle infiel?  Pensé debo estar muy linda luego de haberme arreglado el cabello para que diga semejante barbaridad.

Pasaron los días, las charlas con mi peluquero me hicieron bien, ya no entro a la sala de juegos, hoy le diré que será nuestro último encuentro, estoy curada.

Salimos de la peluquería, quiero agradecerle todo lo que ha hecho, me doy vuelta, algo me llama la atención, veo a mi esposo, veo el revólver…

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No fue como lo había soñado. Su mente navegaba entre un torbellino de imágenes desordenadas, burlonas, desafiantes…  Se levantó y comenzó a pasearse nerviosa por el cuarto aún en penumbras. Faltaba poco para el amanecer. El uniforme descansaba en una silla, pulcro y sin arrugas. Una risa amarga explotó en su garganta. Ese uniforme había sido testigo de las caricias furtivas, de los besos desesperados, de la necesidad imperiosa de sacárselo para poder entregarse a un amor de instantes, de placeres robados, olvidándose por un rato del mundo, de la guerra, de la esposa, de los hijos que la miraban sonrientes en las fotos que él le había mostrado. No quería sentirse culpable, explicándose a si misma que se sintieron abrumados  por una lucha sin sentido que los tenía en el centro de acción, entre misiles, órdenes, gritos, sangre, tanques y muerte.

La atracción había sido inmediata, absolutamente innegable para ambos. Aun así, cada uno eligió  darle la espalda, para no zambullirse en reproches, propios y ajenos.

Fueron asignados a la misma base militar, donde trabajaron incansablemente, ignorando el fuego interno, manteniéndolo a resguardo.

Esa noche en que la noticia de la muerte de Moti los abatió por completo pudo más la urgencia, la necesidad de vencer a ese fantasma que revoloteaba en el aire llevándose cada tanto a uno de ellos. Cualquiera podía ser el próximo. Ellos podían ser la siguiente víctima. El amor los envolvió como una manta, escondiéndolos del mundo, alejándolos de todo y de todos. El suelo frío, la humedad del cuarto, el olor a tierra sucia, la incomodidad… No hubieron velas, ni sábanas perfumadas ni suaves, ni música de fondo, y sin embargo, allí se consumó un amor verdadero, intenso, sin promesas, sin futuro… Un amor que definitivamente, en nada se parecía al que ella había soñado…

Amor Siempre Amor por Luis Goren

Publicado: 22/12/2012 en relato
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Businesswoman Pushing Elevator ButtonSe conocían de encontrarse en el ascensor; al pricipio fue pura casualidad que se tropezaran varias veces en el mismo horario por las mañanas, pero luego la casualidad se convirtió en rutina, cuando los dos esperaban el minuto justo para bajar y dirigirse cada uno a sus ocupaciones.

Hacía un tiempo que venían así, una especie de relación telegráfica o telepática, vaya uno a saber. Y el asunto no pasaba de ahí, y no se si hubiera pasado…  pero un día, así como quien no quiere la cosa, comenzaron a caer cohetes, que  tiraban sin escatimar gastos, los “muchachos” de Gaza.

Este fue el detonante. Comenzaron la relación, y los dos comprendieron que estaban hechos el uno para la otra (o viceversa), y de ahora y para siempre, no podrían vivir separados ni un minuto de lo que les quedaba de vida.

Se amaron apasionadamente, no importaba donde ni a qué hora, lo único que querían era estar juntos, como si algún cohete al caer, hubiera impactado en las cenizas de un fuego, y lo hubiera reavivado, produciendo así el incendio en el que se quemaban dos almas y dos cuerpos, abrasados de amor, amor increíble por lo súbito y profundo.

El idilio duró lo que duró la Guerra. Es irónico y es triste, pero lo que la guerra une la guerra separa, inexorablemente: se estaban haciendo el amor deseperadamente, cuando los mató el último misil lanzado en el conflicto.

Amor entre máscaras por Emilio Feler

Publicado: 21/12/2012 en relato
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El joven de uniforme, se dirigía a la estación central de autobuses, cuando sonó la sirena que anunciaba uno de los casi cuarenta cohetes que nos tiraron, y que se suponía podían tener cabezal químico. En forma inmediata el muchacho extrajo la máscara antigas de su mochila y se la ajustó sobre su cabeza. Con la mirada buscaba donde refugiarse del siempre temido impacto. Enfiló al edificio más cercano y tocó el timbre del departamento número uno, suponiendo sería el más cercano a donde él estaba ubicado. Se abrió la puerta del edificio, y mientras entraba en el primer departamento salió una muchacha, un tanto rolliza, con una máscara calzada sobre su rostro, y con el dedo pulgar le indicó entrar el departamento, todo esto ocurría bajo el amenazante sonido de la sirena.

Ni bien entraron al cuarto de seguridad, que en esa guerra estaba preparado para guerra química, se abrazaron para darse seguridad uno al otro. El abrazo no solo les quitó el miedo, sino que les explotó el deseo, y con máscaras puestas se empezaron a abrazar y a tocar, incrementando la líbido de ambos. Mientras se desvestían a sí mismos y ayudaban al otro, se encontraron acostados sobre la cama, sin dejar nunca de abrazarse. Desnudos salvo las máscaras consumaron el acto sexual, con una dulzura mutua, extraña en la primera vez del sexo entre dos personas. Al rato se quitaron las máscaras, y se exploraron las mejillas, la nariz, todo el rostro con los labios y la lengua, y volvieron a tener sexo. Se adormilaron un tanto, hasta que el hombre se dio cuenta, que debía apurarse pues el último autobús a su casa debía salir en poco tiempo.

La chica en hebreo, con un ronroneado acento ruso le dijo: Soy Olga, puedes venir otra vez, no hacen falta las sirenas. Seguro que lo haré, y soy Uri le dijo mientras la besaba con fuerza y fruición.

Miró el reloj y salió corriendo, en diez minutos tendría el bus para su casa.

Imagen: Acuarela de Ina Davidovich

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Los soldados bajaron en esa estación provisoria. Los oficiales comprendieron que era mejor dejarles respirar, antes de enfrentarlos con la realidad…

Un grupo de mujeres los recibieron con bandejas llenas de emparedados, tortitas caseras, y jarros con jugos. Todas les sonreían y deseaban buena suerte. Algunas les besaban en la frente bendiciéndoles con un [DEREJ TZLEJÁ, camino con éxito en hebreo)

Ella estaba allí, sostenía una bandeja con golosinas, su sonrisa era hermosa, su cabellera negra volaba con la brisa y sus ojos azules brillaban , no dejaban que sus lágrimas se escapen. Vestía una blusa blanca y una pollera floreada que la resaltaban entre todas las mujeres. Sabía su corazón que aquellos muchachos esbeltos, iban a luchar y que no todos volverán.

Doron la vio, se acercó a ella y comenzaron a conversar. Con su uniforme, y con el rifle a sus espaldas, le

pareció mas apuesto aún. Hablaron casi una hora, se rieron a veces a carcajadas, aunque las lágrimas se ahogaban en su garganta…

Él le prometió que le escribirá, que cuando vuelva la buscará, que ella es linda, que le gusta, pero por la guerra no puede prometerle más…

Ella lo comprendió con su silencio, sus ojos azules comenzaros a llenarse de lágrimas, no lo pudo evitar. Él la miró, la besó en la frente y a la orden del oficial subieron todos los soldados al camión.

Sus miradas no se separaron hasta que la distancia los borró. Cada uno se llevó el recuerdo de aquel encuentro en su corazón.