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Por la crisis por Daniel Kritz

Publicado: 06/09/2013 en relato
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descargaFue en la época de la crisis, en los finales del siglo XX, principios del XXI. Las empresas se derrumbaban como castillos de naipes
Muchas familias se disolvieron y los diarios dedicaron una sección especial para los suicidios
En las cámaras legislativas se discutía si era conveniente obligar por ley la instalación de rejas en las ventanas y prohibir el acceso a las terrazas de los edificios altos.
Nada ayudó, la ola de suicidios diarios fue aumentando y solo se detuvo cuando amainó la la tormenta
La policía pensó que la muerte de mi padre fue uno más.
En realidad nunca se pudo determinar si se quitó la vida o si fue un asesinato.
Cuando entraron a su cubículo todavía se podía ver en la pantalla de su computador un gráfico de la caida brutal de sus acciones.
Encontraron su cuerpo un poco alejado con un disparo en la cabeza.
Había un reguero de sangre desde su sillón hasta el lugar donde estaba, como si se hubiese arrastrado para pedir ayuda.

Su socio en la firma desapareció sin dejar rastros. Su cuerpo nunca fue encontrado y su ex esposa no sabía su paradero.
No se supo si se había suicidado o escapado.
Mi viejo era un tipo muy positivo y optimista, por eso fue muy sospechosa la posibilidad de su suicidio.
Siempre pensé que el socio quemó las acciones y sacó toda la plata que pudo antes de la debacle.
A mi viejo lo enterramos esa misma tarde en La Tablada, el cementerio judío.
Tuve que dar una coima para que no lo pongan al lado del paredón, junto a los suicidas.

Esto paso hace más de 10 años.
Hoy por casualidad encontré la respuesta a la incógnita del modo más inverosímil que podría haber sucedido.
Estoy veraneando en Acapulco (México) y he alquilado un automóvil.
Paseando por la avenida costanera pase a un ómnibus que se detuvo en una de sus paradas. Uno de los pasajeros descendió y cruzo la calle distraído, sin mirar el tráfico, por delante del mismo.
Apareció de repente enfrente de mi coche.
Atiné a frenar pero lo atropellé inevitablemente. Bajé del coche para intentar ayudarlo pero no pude hacer nada, estaba agonizando.
Cuando le vi la cara me espanté. Era Miguel, el ex socio de mi papá.
Estaba vestido con un pantalón raído y una vieja remera.
El paso de los años lo había deformado un poco, pero no tuve la menor duda, era él. Con un gran esfuerzo abrió los ojos, me miró reconociéndome.

Antes de expirar solo dijo tres palabras:

– Fui yo, perdón.

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