Posts etiquetados ‘Gabriela Szuster’

El dibujante por Gabriela Szuster

Publicado: 04/09/2013 en relato
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dibujantes-300x225Apenas apareció mi corazón comenzó a bombear con una fuerza inusitada. El lo notó inmediatamente, vi la sonrisa autosuficiente que trató vanamente de disimular cuando se percató que lo estaba mirando. Ella también sintió algo, estoy seguro. Era muy joven e insegura así que hizo lo que él le ordenaba, y por lo tanto no nos cruzábamos jamás. Yo siempre me las ingeniaba para espiarla, y mi corazón preso de su hechizo, reaccionaba al instante. Comencé a odiar a Joaquín, me lo hacía a propósito, disfrutaba con mi sufrimiento, y mi desesperación iba en aumento. Lentamente la venganza fue tomando forma en mi cabeza, tenía que ser muy cuidadoso, ya que cualquier detalle podría fácilmente delatarme. Aproveché que el cierre de edición estaba próximo y Joaquín estaría nervioso para entregar a tiempo. Cuando sentado frente al tablero Joaquín dibujaba a mi amada, salí de de mi escondite y le grité fuerte que la amaba. Aprovechando el desconcierto de Joaquín vacié la tinta roja en su cubículo, llenando todo de sangre. Joaquín cayó al instante, aturdido, herido. Comenzó a alejarse de nosotros dificultosamente, mientras tomaba a mi amada en brazos para vivir nuestra peculiar historia de amor

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PROTOCOLO2473-717782Desde que tengo uso de razón recuerdo a mi padre diciendo refranes. Para cada ocasión el tenía su dicho a flor de labios. En un principio puede resultar simpático y con buena voluntad hasta divertido. Eso si lo escuchás una vez cada tanto, pero cuando lo oís todos los días de tu vida y a cada rato pasa a ser enervante. Para dar un ejemplo: mi papá me despertaba todos los días con un ” Al que madruga Dios lo ayuda”, si llovía ya escuchaba ” Al mal tiempo buena cara”. Para continuar el día con ” Cuando hay hambre no hay pan duro” al quejarme yo o alguno de mis hermanos por la comida que no era de nuestro agrado. Cuando alguien metía la pata o era descubierto en alguna mentira escuchábamos ” Por la boca muere el pez”
Cuando mi madre se quejaba de lo mucho que trabajaba oíamos indefectiblemente “El ojo del amo engorda el ganado”. Estos son sólo algunos ejemplos, nuestra vida era un verdadero calvario. En mi adolescencia sencillamente no soportaba a mi padre, me daba vergüenza traer a mis amigos a casa, ya que siempre tenía algún refrán acorde a la ocasión. Era común escucharle decir ” Mal de muchos consuelo de tontos”, “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” “A lo hecho pecho” y así sucesivamente.
Una tarde llegó mi padre sumamente excitado. Había hecho un negocio millonario según él, nos contagió a todos con su entusiasmo. Repetía una y otra vez “Dios aprieta pero no ahorca” Lo escuchamos hacer planes, nos mudaríamos, iríamos de vacaciones a la playa, compraríamos un auto nuevo. En fin, nos cambiaria la vida. Mi madre lo escuchaba en silencio y no decía nada. La verdad es que no era de mucho hablar, mi padre se encargaba de hacerlo por ambos.
Unos días después cuando llego a casa llorando nos conmovió a todos. Al menos eso creí. Nos contó como lo habían estafado, estábamos en la ruina. Nadie supo que decir. Mi mamá se fue a su dormitorio. Un rato después salió con una valija en la mano, miró a mi papá y le dijo:
– “No hay que vender la piel del oso antes de haberlo matado”.

reescribiendo.wordpress.com_Mpbllnd es un pueblo único. Nunca había estado en un lugar así. Sus habitantes no hablan, no escriben ni leen. Todos se comunican por señas. Lo conocí de casualidad, una tarde en que me perdí. Al llegar me llamó la atención la falta de carteles. Las calles no tenían nombres, los negocios estaban abiertos de par en par para que la gente pudiera ver la mercadería que allí se ofrecía. Detuve a un muchacho para preguntarle donde estaba. Me miró de arriba abajo, evidentemente sorprendido de escucharme hablar. Me hizo señas que no entendía lo que yo quería de él y se fue casi corriendo. Vi una mujer con una nena de la mano, me acerque y tampoco logre hacerme entender. Debo admitir que el lugar me intrigó. No entendía como era posible vivir así, sin radio, televisión, sin diarios, noticias… La gente no se enteraba de nada, no había habladurías, engaños, mentiras… Los chicos jugaban libremente, nadie ganaba ni perdía, nadie lloraba (no tenían motivo), solo reían y se divertían…

Llegué a un estadio de fútbol, donde todos jugaban y disfrutaban al mismo tiempo. Evidentemente a nadie le importaba el resultado.

La gente no hablaba por teléfono, sólo se miraban a los ojos y con señas se decían todo lo que necesitaban decirse.

El lugar me atrajo como un imán, no podía irme de allí. Veía que la gente era feliz, aunque no pudieran decirlo. No había caras tristes, ni gente preocupada. Cada uno sabía lo que tenía que hacer y simplemente lo hacía.

Al caer la noche llegue a un lugar que parecía una posada. Detrás del mostrador había un hombre encorvado, con pelo y barba larga blanquísimos… Me miró, lo miré. Me sonrió, sonreí… Me dijo “Bns nchs”. ¿Perdón? dije sin comprender. “Bns nchs” repitió. De pronto comprendí todo. Con muchísimo esfuerzo convoqué a todo el pueblo, los reuní en la plaza que estaba en el centro. Llegaron todos, chicos, jóvenes, viejos, mujeres, abuelas… Me subí a un banco para que todos pudieran verme. Me miraban extrañados, curiosos… – Amigos – les dije, lo que le falta a este pueblo son las VOCALES, por eso no pueden hablar, ni leer, ni entenderse. Les enseñé a comunicarse, insertando las vocales que parecían haber perdido quién sabe dónde. Al despuntar la mañana estaban eufóricos, probando comunicarse, hablarse, escribirse. Uno corrió a la entrada del pueblo y colocó un enorme cartel con el nombre: MI PUEBLO LINDO. Antes de irme vi al viejo de la posada, le sonreí, el no. De todos modos le dije -Buenos días. Mi miró como quien ve al mismísimo diablo.

leonardo da vinci

-¡Qué insolencia la tuya niña! ¿Me despiertas simplemente porque tienes que hacer un trabajo para no sé qué taller? ¿Qué hora es?
-Perdón Leonardo, es que me encuentro un poco perdida, no quise molestarle. Son las siete de la mañana…
A ver, cuéntame mejor de que se trata.-
Le explico y si bien está un poco fastidiado por la irrupción promete ayudarme.

Se prepara el desayuno, dos pedazos de pan y un té muy caliente. Trae un bosquejo que empezó ayer. La modelo está por llegar.
-No creas que no me he dado cuenta.
Lo miro interrogante.
– Sé que has venido del futuro, tu ropa, tu pelo, todo así lo indica. Cuéntame ¿Cómo avanzó el mundo?
-Leonardo, con todo respeto, esto es al revés. Yo he venido a ver como es un día de su vida…
-Sí, sí , ya sé. Me interrumpe. – ¿Taller literario me has dicho? Respeto todas las artes, por eso te permito la intromisión.

La modelo está lejos de ser hermosa para los cánones actuales, se llama Isabela, me quedo fascinada mirándola. Pasan horas hablando, olvidándose incluso de mi presencia. Ella es su mecenas, por estos días convertida en su modelo. Aprovecho para pasearme por la casa, abarrotada de libros, bocetos, pinturas, dibujos, cálculos, desparramados en un exquisito aparente desorden. Todo respira arte. Vuelvo a la sala justo cuando se despiden. Isabela agita la mano hacia mí a modo de saludo, mientras me sonríe curiosa. Leonardo debe haberla puesto al tanto de quien soy .
Mientras cena conversamos un poco más. Su charla me deja impresionada, sus conceptos de la vida, la autoridad con la que expone sus ideas, me confirman lo que se dice de él. Tiene un entusiasmo contagioso. Su día es agitado, no descansa ni un instante…
Llega el momento de irme, no sin antes prometerle que volveré pronto, a contarle en que se ha convertido el mundo….

El verdugo por Gabriela Szuster

Publicado: 20/01/2013 en relato
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Podría seguir durmiendo, hoy es domingo. ¡Qué pena! Debo ser la única persona en el mundo que no se alegra de tener un día libre. Es que amo mi trabajo, disfruto cada segundo. Ejecutar mi tarea es un elixir para mí. Hay personas que disfrutan del sexo, otras de la comida o la bebida. Yo en cambio gozo cuando llevo a cabo mi labor. Me levanto. Me preparo el desayuno y enciendo la televisión. Me aburro así que pronto me quedo dormido.

Las risas de unos niños me sobresaltan. No los soporto. Abro la ventana y les grito. Salen corriendo entre risas contenidas. Es una mañana soleada de verano. Lamento que no llueva torrencialmente, esos son los días que me gustan a mi, puedo quedarme horas contemplando el firmamento, enceguecido por los rayos que encienden el cielo.

Miro el noticiero, disfruto la sección policial. Nuevos asesinatos, crímenes pasionales, venganzas. Mi trabajo aumentará pronto, luego de los juicios y la infinidad de apelaciones que los malditos cuervos siempre sacan de la manga. Finalmente la justicia se impone, llegando a mis manos. Soy como Dios.

Almuerzo frugalmente, como es mi costumbre. Decido salir a caminar, a pesar de que el día no me agrada. Me pongo mi gorra y camino unas cuadras. Al llegar a la plaza me siento en un banco vacio. Pocos minutos después una joven se sienta a mi lado. La ignoro. Ella tiene ganas de conversar. Evidentemente está tratando de acercarse. No me interesa y se lo hago saber. Alcancé a ver una lágrima a punto de suicidarse antes de que saliera corriendo. Me rio, fui muy duro con ella.

Una vieja me está mirando, debe haber visto toda la escena. “¿Usted no tiene alma? ” me pregunta. La miro como quien mira a una cucaracha antes de pisarla. No le contesto. Me voy.

Cuando regreso a casa veo que hay un mensaje en el contestador. Una conocida adrenalina empieza a recorrerme. La oficina del fiscal me informa que mañana habrá una ejecución especial, las apelaciones no funcionaron. Mañana es el día. Imagino las últimas horas del infeliz, su sufrimiento me alimenta. Estoy contento. Recreo en mi mente tantos rostros, suplicantes, resignados, aterrados, llorosos. Me doy cuenta que estoy sonriendo, y por algún motivo regresa a mi mente la pregunta de la vieja ” ¿Usted no tiene alma? Definitivamente NO.

El peluquero por Gabriela Szuster

Publicado: 09/01/2013 en relato
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peluquerosLas confidencias fueron la clave. Nunca dejo de sorprenderme a mí mismo, es más, creo ser un caso único en la historia, sino díganme ustedes ¿cuántas personas conocen que se enamoran de otra con lo que le cuentan de ella?

Los encuentros siempre fueron casuales, imprevistos. Jamás me animé a decirle nada, aunque bastaba su cercanía para que mi corazón se acelerase, mis manos comenzaran a transpirar, y su sola presencia me ponía nervioso. Para mí fue sencillamente increíble aceptarlo, ya que hasta ese momento desconocía que una persona así pudiera atraerme tanto. Mi sangre se alborotaba, me quedaba horas callado, pensando en cómo serían sus besos, sus caricias… Me enamoré de su juventud, de sus sueños, de sus proyectos para la vida, de su simpatía, de su sonrisa… Supe desde un principio que lo nuestro era imposible, aun así no pude evitar enamorarme como un adolescente a pesar de mis cuarenta y ocho años.

Cuando entraba en la peluquería mis mejillas se sonrosaban, me volvía torpe en un estúpido intento de que me viera atractivo, irresistible, cautivante…

Entró al local sumamente alterado, llevaba un arma en su mano. En ese instante comprendí todo, demasiado tarde. Primero le disparó a su mujer, y cuando me apuntó a mí, de nada sirvió que le confesara cuanto lo amaba…

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No fue como lo había soñado. Su mente navegaba entre un torbellino de imágenes desordenadas, burlonas, desafiantes…  Se levantó y comenzó a pasearse nerviosa por el cuarto aún en penumbras. Faltaba poco para el amanecer. El uniforme descansaba en una silla, pulcro y sin arrugas. Una risa amarga explotó en su garganta. Ese uniforme había sido testigo de las caricias furtivas, de los besos desesperados, de la necesidad imperiosa de sacárselo para poder entregarse a un amor de instantes, de placeres robados, olvidándose por un rato del mundo, de la guerra, de la esposa, de los hijos que la miraban sonrientes en las fotos que él le había mostrado. No quería sentirse culpable, explicándose a si misma que se sintieron abrumados  por una lucha sin sentido que los tenía en el centro de acción, entre misiles, órdenes, gritos, sangre, tanques y muerte.

La atracción había sido inmediata, absolutamente innegable para ambos. Aun así, cada uno eligió  darle la espalda, para no zambullirse en reproches, propios y ajenos.

Fueron asignados a la misma base militar, donde trabajaron incansablemente, ignorando el fuego interno, manteniéndolo a resguardo.

Esa noche en que la noticia de la muerte de Moti los abatió por completo pudo más la urgencia, la necesidad de vencer a ese fantasma que revoloteaba en el aire llevándose cada tanto a uno de ellos. Cualquiera podía ser el próximo. Ellos podían ser la siguiente víctima. El amor los envolvió como una manta, escondiéndolos del mundo, alejándolos de todo y de todos. El suelo frío, la humedad del cuarto, el olor a tierra sucia, la incomodidad… No hubieron velas, ni sábanas perfumadas ni suaves, ni música de fondo, y sin embargo, allí se consumó un amor verdadero, intenso, sin promesas, sin futuro… Un amor que definitivamente, en nada se parecía al que ella había soñado…